martes, 23 de agosto de 2011

EL JARDIN DE MI ABUELA ANACROMA

   El recuerdo mas agradable que tengo de mi infancia es el de cuando mi madre me traía a casa de mi abuela, aquí en Peñalara. Siempre recordaré a mi abuela Anacroma sentada en una silla bajita y encorvada hacia delante, arreglando las macetas y los arriates de su pequeño jardín cromático. Siempre vestida de negro con camisa roja de motivos florales, ella gustaba de recitar poesías románticas como “La Canción Del Pirata” de Espronceda.
   Al jardín se accedía bajando cuatro escalones desde el salón de la casa y sus cuatro paredes blancas tenían las bajeras cubiertas de un musgo multicolor cuyos tonos iban desde los verdes y amarillos hasta los anacarados. Estos tonos variaban visiblemente dependiendo del estado de ánimo que tuviera mi abuela y que solía cambiar con bastante asiduidad, ya que desde que murió su marido doce años antes no volvió a ser la misma. El jardín era de forma irregular ya que aunque sus paredes formaban un rectángulo, sus arriates cambiaban de lugar cada noche de manera aleatoria. En ellos crecían bajo los arbustos, tallos como de cereales, rectos pero curvos al mismo tiempo y de distintos colores metálicos, donde el predominio de los tallos dorados se rompía con algunos tallos plateados sueltos. En otros arriates predominaban los tallos bronceados con tallos multicolor entremezclados entre sí. Los arbustos, parecidos a jazmines daban flores de muy distintos colores, con tonos pastel que solían cambiar a cada momento y que según yo observé, solían iluminarse los días de lluvia. Estas flores olían a hierro oxidado y a humedad aunque a mí este olor no me resultaba desagradable.
   De sus macetas, situadas en grupos de cuatro o cinco en los rincones, crecían unas plantas cuyos tallos se enredaban unos con otros formando nódulos. Yo los miraba atentamente y los veía turbios y desenfocados. Se expandían por la pared formando texturas monocromáticas de tonos pardos y grises. En la parte mas sombría del patio, la luz del atardecer formaba en el suelo abanicos uniformes de luces anaranjadas y verdosas que a menudo eran cruzadas por pequeñas chispas luminosas de variados colores que a modo de rapidísimos mosquitos, iban de un lado para otro iluminando el suelo. Todos estos campos de color estaban siempre en continuo movimiento creando nuevas formas y colores como si de un caleidoscopio natural se tratase. En la pared orientada al sur casi siempre había un hueco desde donde se veía un mar nocturno en el que unos finos destellos luminosos constituían la línea del horizonte que separa cielo y mar. Otras veces el mar se veía mas claro, a modo de atardecer borroso donde las líneas de tierra se introducían en el mar y otras del mar se introducían en el cielo.
   Pero lo que mas me fascinaba del jardín de mi abuela Anacroma era el estanque. Este normalmente estaba situado en el centro y en sus aguas el sol reflejaba a cada momento una pared o un rincón distinto con lo cual sus reflejos siempre iban cambiando a lo largo del día. Sus aguas siempre estaban movidas por un viento que a veces se me antojaba inexistente y formaban manchas de colores que se iban mezclando unas con otras como si de un producto cartesiano policromado se tratase. Unas veces se creaban formas grotescas y fantasmales, otras veces tenían una armonía y belleza indescriptibles, siempre con texturas imposibles e incluso algunas veces se podía observar como unos reflejos se superponían a otros.
   Pero mi abuela siempre me reservaba lo mejor ya que a menudo y a escondidas de mi madre, me bajaba al sótano de su casa y tras abrir una puerta con llave, entrábamos en una sala vacía situado debajo del jardín cuyas paredes mostraban a modo de sombras chinescas las profundidades del estanque. En una pared se veían a contraluz las ondulaciones que formaban los reflejos en la superficie del agua que aunque carecían de color, sus meras texturas y formas me satisfacían completamente. En otra pared se veían también a contraluz las plantas acuáticas y el ir y venir de los peces del estanque. Pero el no va más del sótano y por ende del jardín entero era la pared frontal de la habitación en la cual se reflejaban todas las visiones reales y oníricas del jardín al mismo tiempo: los paisajes florales, los acuáticos, el mar, se iban sucediendo aleatoriamente y sin dar tregua a la vez que una música espectral y repetitiva envolvía la sala provocándome un profundo estremecimiento. Era como un pequeño infierno dantesco pero lleno a la vez de armonía y felicidad, de empatía y belleza.
   Mi abuela Anacroma murió la pobrecita una madrugada de Marzo cuando yo tenía catorce años. Las plantas del jardín se marchitaron, el sótano se derrumbó y con él, parte del estanque y toda mi existencia se cubrió de un color gris parduzco, pero yo sé que el recuerdo del jardín de mi abuela Anacroma me acompañara para siempre.